Entre los pasadizos más oscuros y peligrosos de cuevas en Europa, arqueólogos han encontrado algo sorprendente: pequeñas huellas de pies, manos y dedos que pertenecieron a niños de tan solo dos años. ¿La gran pregunta? ¿Qué hacían bebés y menores en lugares tan riesgosos, húmedos y con niveles peligrosos de oxígeno?
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Una nueva teoría sugiere que no estaban ahí solo como espectadores. Según investigadores de la Universidad de Tel Aviv, estos niños eran parte fundamental de rituales con significados espirituales.
Y la razón es tan antigua como poderosa: muchas culturas tradicionales han creído que los niños tienen una conexión más fuerte con el mundo de los espíritus.
Los niños: un puente entre mundos
En muchas creencias indígenas actuales, los niños no son solo pequeños humanos en crecimiento: son seres “entre mundos”. Por su corta edad y su “reciente llegada” al plano terrenal, se cree que mantienen vínculos más cercanos con lo divino, lo ancestral o lo sobrenatural.
Y según esta teoría, eso mismo creían nuestros ancestros del Paleolítico.Las marcas que dejaron los niños en las cuevas —huellas en arcilla, manos estampadas, rastros de dedos— no serían simples garabatos, sino actos cargados de simbolismo y propósito.
Marcas en lo profundo
En cuevas como Rouffignac, Las Chimeneas o Basura, se han encontrado huellas que solo podrían haber sido hechas por niños de entre 2 y 12 años. Algunas aparecen en lugares tan difíciles de alcanzar que es poco probable que se tratara de simples juegos.
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En la cueva de Fontanet, por ejemplo, un niño dejó la huella de su mano en un pozo que solo se puede alcanzar escalando. Y en Basura, en Italia, dos niños caminaron más de 400 metros dentro de la cueva, acompañados de adultos, enfrentando humedad extrema y una caída drástica de oxígeno.
Una práctica ritual guiada por lo espiritual
Los investigadores creen que estas incursiones tenían un valor sagrado. En muchas culturas, las cuevas son vistas como entradas al inframundo o al vientre de la Tierra. Así que llevar a niños —seres “liminales” entre mundos— a estos espacios, tenía sentido.
Podrían haber sido vistos como canales para contactar a dioses o ancestros.
Y hay ejemplos similares hoy. En comunidades del Kalahari, los niños participan desde pequeños en rituales de trance. En Japón, durante siglos, los niños fueron considerados “puentes” con lo divino y usados como médiums en ceremonias sintoístas.
Dibujaban con propósito, no por diversión
En Rouffignac, análisis recientes mostraron que niños y adultos trabajaban juntos en las paredes. En una imagen de un antílope saiga, se identificaron trazos de un niño menor de cinco años junto a los de adultos. En otras zonas, incluso los levantaban para que pudieran pintar partes altas del techo.
Es decir, no solo “los llevaban a ver”.Les daban un rol activo, espiritual y probablemente central.
Los niños, como mediadores del mundo invisible
Esta teoría reconfigura lo que pensábamos sobre la infancia en el pasado.En lugar de ser vistos como demasiado frágiles para participar en rituales, los niños eran esenciales en la vida espiritual de sus comunidades.
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¿Y si esos pequeños artistas de las cavernas no eran solo aprendices, sino auténticos “intérpretes” del mundo invisible?